ESCASEZ DE PAPEL MONEDA Y USO DE MEDIOS DE PAGO DIGITAL

En las economías hiperinflacionarias los bancos centrales suelen emitir grandes cantidades de papel moneda para tratar -erróneamente- de cubrir el déficit generado por la ausencia de producción y la inconsistencia de sus políticas económicas. Este flujo monetario termina alimentando un círculo vicioso de aumento de la liquidez, aumento de precios, escasez de bienes y servicios, pérdida del valor intrínseco de la moneda de curso oficial, apreciación del tipo de cambio, depreciación de la moneda y mayor demanda de dinero.

Es por esta razón que vemos el incremento en la colección de monedas y billetes que conforman los conos monetarios de estas economías, siendo las monedas las primeras en desaparecer por representar generalmente menor valor facial, siguiéndoles los billetes de baja denominación, cuyo destino termina siendo el mismo. Esta desaparición en principio no es potestad del ente emisor o banco central, sino del público en general, que todos los días evidencia como con los aumentos de precio estas monedas y billetes pierden sentido.

Estamos entonces en presencia de una dislocación o ruptura del consumidor con la moneda de curso legal, la cual sigue siendo válida según el banco central del país, pero que al no representar «valor real» en el mercado, simplemente la colectividad la deja de usar, quedando en el mejor de los casos como elemento de colección. De esta manera, al proseguir la distorsión monetaria por la hiperinflación, los próximos en la lista serán los billetes de mediano poder de compra, los cuales tienen una vigencia más elongada, sin embargo sucumben ante el embate de los precios.

Esto solo deja en el escenario a los billetes de máxima denominación, los cuales se convierten en sinónimo de resistencia ante la apreciación del tipo de cambio y el incesante aumento de los precios en el mercado. Lastimosamente, la cantidad de monedas acuñadas y billetes emitidos por los bancos centrales, no guardan una relación cónsona con la dinámica de desuso del papel moneda. Esto significa que una mayor cantidad de monedas y billetes de baja denominación siguen disponibles pero nadie los usa, ante una menor proporción de billetes de máxima denominación que son ampliamente demandados y casi no hay disponibles.

Esta situación ocasiona una escasez de papel moneda, que distorsiona aun más la dinámica de consumo y formas de pago en los mercados. La impresión de más billetes de máxima denominación, e incluso la adición de nuevos billetes con denominaciones mayores, resuelven momentáneamente la situación escasez -dependiendo de la cantidad puesta a circulación por el ente emisor-, pero no solventan la pérdida de valor intrínseco del dinero y mucho menos corrigen el alza de precios o la apreciación del tipo de cambio. Es aquí cuando ante la ausencia de una política monetaria y cambiaria coherentes con el momento que se vive, otras monedas y billetes de países vecinos o distantes que NO dependen de la política económica del país hiperinflacionario, se hacen atractivas y comienzan a ser usadas de mutuo acuerdo por la colectividad.

En este nuevo escenario estamos en presencia de una economía de co-circulación multimoneda, donde de manera «no oficial» los consumidores y el sector comercio y los servicios, ante la inacción del banco central y la ausencia de claridad en materia monetaria y cambiaria, han dispuesto por «consenso social» el uso de monedas y billetes que al cambio representan mayor valor y concentran gran cantidad de su moneda nacional en billetes de poco valor facial. Es de esta manera que comenzamos a experimentar el pago mixto (moneda de curso legal y divisas), con su equivalente en moneda nacional, generalmente, para el pago de los céntimos de las operaciones realizadas con monedas extranjera.

Es posible que en este estadio la escasez de moneda de curso legal ya se haya incrementado, dificultando cualquier actividad de intercambio por sencilla que esta sea: pagos de actividades al por menor, vuelto o cambio por operaciones comerciales, transporte público, etc. Es aquí donde la moneda extranjera comienza a cobrar mayor importancia porque suple la ausencia de moneda de curso legal por parte del ente emisor. Sin embargo, al no estar el país hiperinflacionario aplicando una medida de sustitución o cambio de moneda (dolarización), éste depende de los flujos monetarios provenientes -lícitamente- de las actividades de intercambio internacionales (públicas y privadas), remesas y pagos por actividades a nacionales desde el extranjero.

Esto significa que el banco central de esta nación hiperinflacionaria, no controla en su totalidad la cantidad de moneda extranjera que entra al país, quedando en riesgo de generar escasez ahora de «moneda extranjera» por su alta demanda y circulación en manos de los consumidores. Es acá donde las herramientas digitales comienzan a ser estudiadas para su «posible» aplicación en un entorno por demás distorsionado y altamente cambiante, quedando en evidencia que sin una «política económica coordinada» cualquier esfuerzo por cambiar esta situación será de corto plazo al no corregir el problema de fondo.

Finalmente, las herramientas digitales implementadas por los bancos públicos y privados de la nación hiperinflacionaria, con el auspicio de la banca central en un esquema de co-circulación multimoneda, podrán mejorar la experiencia de compra y los pagos al sector comercio y los servicios en moneda nacional, pero sin corregir la distorsión monetaria y cambiaria producto de la ausencia de producción, déficit fiscal, hiperinflación, apreciación acelerada del tipo de cambio, y ahora mayor preferencia de la colectividad por divisas, debido a que ninguna de estas mejoras corrige la falta de «confianza» en la moneda de curso legal, así como también en las «instituciones» encargadas de gestionar la política económica nacional.

Econ. Aarón Olmos Esp. MSc.
CEO Olmos Group Venezuela
Profesor invitado IESA

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